Muchas de vosotras me habéis pedido que cuente en el blog la historia del nacimiento de Bruno. No lo haré, porque fue tan bonito que deseo que siga perteneciendo al mundo de lo susurrado (y no de lo proclamado). Pero sí que me apetece compartir un par de reflexiones.
La primera es que después de haber tenido un hijo en el hospital y otro en casa, creo que los dos tipos de partos tienen aspectos positivos y negativos y que, por lo tanto, ninguno de ellos es mejor que el otro. Entonces, ¿cómo escoger el lugar para parir? No lo sé. Yo, durante cada embarazo, pensé dónde me sentiría más tranquila y segura a la hora de parir, y esa reflexión me llevó a escoger el hospital ante la inexperiencia del primer parto y mi casa, para el segundo.
El segundo aspecto del que quería hablar es del dolor. Aunque yo ya había visto “Orgasmic birth“, un documental que ha hecho furor en Estados Unidos y que explica qué ocurre cuando a la mujer se le enseña a disfrutar del nacimiento en lugar de a sufrirlo, mi experiencia en el hospital me hacía dudar seriamente de que los partos podían estar carentes de dolor. Me equivocaba. Desde el nacimiento de Bruno puedo decir que sufrí más con epidural en el hospital que sin ella en casa.
¿Cómo lo conseguí? Pues estas fueron las cinco claves que a mí me han funcionado.
El principal, Max, un hombre que no paró de cuidarme y darme lo que necesitaba en cada momento.
El segundo, la respiración: concentrarme en mandar mucho aire al bebé para que tuviese oxígeno mientras lo apretaba cada contracción me hacía no pensar para nada en el dolor.
El tercero, la visualización: en mi caso me funcionó pensar en una luz blanca que entraba por mi nariz a modo de aire, llegaba a la barriga rodeando a Bruno en su líquido amniótico y le acompañaba en su camino hacia fuera, hacia la luz. Y, como complemento a ese recorrido mental, repetía dentro mío las siguientes palabras a modo de mantra: “Aire. Agua. Luz”.
El cuarto secreto fue vocalizar: acabar cada contracción con una liberación de la voz, que en mi caso era algo así como un “aaaaa” gutural.
Y el quinto, la comadrona, una mujer tranquila que desde que llegó a casa se hizo cargo de forma discreta de la situación, confirmó que todo iba muy bien y luego se sentó en una esquina a esperar. Dejó que Max y yo siguiésemos viviendo en privada soledad la experiencia del nacimiento de nuestro hijo y no intervino hasta que fue realmente necesario.
Gracias a todo ello, Bruno nació feliz y en paz.
Y así sigue…

(PD1 – Por cierto, me han comentado que el documental “Orgasmic Birth” se puede comprar en la web de Crianza Natural.)
(PD2 – Para las que queréis saber más sobre la comadrona que nos ha acompañado, la podéis ver en acción en este mini documental